Web del escritor Américo Ramírez

Basado en hechos reales

Carta a Kendra.

Es posible que uno de los aspectos más complejos de emigrar en familia sea que los periodos de adaptación a la nueva vida no se producen de manera simultánea para cada uno de sus miembros. Son procesos individuales e intransferibles. «Los permisos de adaptación», como los llamo, llegan a tu casa por separado; algunos se envían rápido, otros llegan por correo normal y a veces se pierden. Adivinen en qué estado estuvo el mío. Ya lo sabes, cuando necesites encontrarme: soy el último de la fila. 

Gabo fue el nuevo pez en la pecera escolar, se sumergió sin contratiempos entre las algas del inglés, jugando en el playground de caballitos marinos, tejiendo nuevas amistades que, hasta el día de hoy, prevalecen.

Gaby puso a prueba su ímpetu aventurero, interpretó el destierro como una segunda oportunidad para proseguir con un viaje frustrado de su juventud que deseaba prolongar. Un curso de inglés que volví a tomar treinta años después, en su parte más hablada.

Mientras yo despertaba cada mañana sin progresos lingüísticos y experimentando dolor debido a mi intestino irritado por las amargas repercusiones del desarraigo.

Además del idioma, hubo otra señal clara de que mi esposa y mi hijo estaban completamente adaptados a su nuevo hogar: la Navidad.

Un frondoso pino canadiense atado en el techo del auto, mientras escuchábamos varias veces villancicos en inglés que sonaban un poco aburridos sin el ritmo del tambor y las maracas, confirmó que un nuevo sentido de pertenencia ya había tomado control de mi familia.

Unas noches antes del fin de año, Gaby me contó que te había visto en una tienda de animales y que eras una hermosa gata en adopción. Al verte, sintió un amor a primera vista y quería adoptarte. 

Llevarte a casa era más que eso, significaba poner un obstáculo más en la esperanza que tenemos todos los inmigrantes de volver a nuestra vida anterior. A una Venezuela libre.

Me negué por completo a la idea de comprometernos a tenerte como mascota. ¡Qué irónica injusticia! Me convertí en un asilado que te negaba un refugio. 

Gaby, siendo una experta de mí, dejo que mi palabra se impusiese, falsamente, como si tuviera rango de ley. Después, con sus hechizos y cariños, logró que en la penúltima noche del año yo estuviera en esa tienda frente a ti, Kendra. 

 Cuando me viste, te levantaste y estiraste, convirtiendo tu espalda en una forma curva y peluda por unos segundos. Luego, pasaste tu pelaje atigrado sobre mi mano que estaba afuera de tu prisión temporal. Fui fuerte y resistí tus encantos. Logré salir de esa tienda sin ti, cerrando así un agitado 2017 lleno de grandes cambios. Aún éramos solo tres personas en nuestra nueva casa, en nuestra nueva ciudad, en nuestra nueva vida.

Unas horas después, comencé a sentir que me faltaba algo. Creo que cuando frotaste tu pelaje contra mi piel, pasaste una bacteria cargada de un virus cariñoso que se fue esparciendo rápidamente. Empecé a sentirme preocupado por ti. 

Al día siguiente, me desperté con una idea clara en la mente. Le dije a Gaby que te buscara, Kendra, que estaba listo para complicar, una vez más, nuestras vidas sin necesidad. Cómo pasa con el noviazgo, el matrimonio y los hijos. Un impulso humano que nunca podremos comprender. La piedra en la que seguimos tropezando.

Yo aguardaba detrás de la puerta el regreso de Gaby, para que te adueñaras del apartamento. Pero Gaby regresó sola, sin ti. Me dijo que la tienda tenía un cartel que decía que no abrirían hasta la primera semana de enero. Traté de ocultar mi frustración. Desafortunadamente, esa desilusión no se quedó ahí. Fui víctima de una agresiva progresión aritmética en donde ese traspié fue creciendo a un gigantesco sentimiento de culpa, una reacción muy común en mí. 

Los días y noches siguientes los pasé pensando en los peores y más improbables escenarios sobre tu suerte, Kendra. Lo más frecuente era que: esos días de diciembre en que no te adopté serían tus últimos. Que, al ser una gata de siete años, en enero podría vencerse tu visa vital y que en los primeros días de 2018 tendrías una cita con el departamento de sacrificios. Las dolorosas punzadas en mi colon confirmaron mi egoísta y fría decisión de no aceptarte, lo que causaría tu muerte por mi falta de decisión.

Gracias a Dios, el primer día que la tienda abrió, estuvimos allí para firmar tus papeles de adopción. Es difícil olvidar que, al entrar en nuestra casa, pasaron pocas horas antes de que te sintieras tímida y comenzaras a explorar. Recuerdo como si fuera ayer, tu pequeña nariz moviéndose sin descanso para oler tu nuevo hogar. Después del reconocimiento, tu seguridad mostró que eras una gata con un carácter fuerte, que usarías con tu esencia felina. Tenías plena conciencia de que nosotros seríamos tu servidumbre en tu nueva dirección postal. 

Te convertiste en la dueña de todo. Encontraste el lugar exacto donde caía tu rayo de sol personal. Elegiste la hora y el lugar para mostrar lo afortunados que éramos al recibir un poco de tu amor. Tomaste mi sillón de lectura, ya que era ideal para que tus lengüetazos ásperos cuidaran tu brillante pelaje. Dejaste claro fácilmente cuáles eran tus gustos musicales. Nothing in español, just in English. California dreamin’ House of the rising sun, Break on Trough comprendían tú play list favorita. Imaginé que estabas con tu antiguo dueño escuchando música de los 70 mientras fumaban un porrito. Fue ahí donde te llamé “gata marihuanera”. Kendra, tampoco hubo visita que no requiriera que revisaras su maleta, metiéndote en ellas sin reserva alguna, e imponiendo a los huéspedes cuotas obligatorias de caricias cada vez que lo necesitaras.

Sin embargo, tu mayor aporte para mí fue cuando descifraste mi semblante dolorido que reflejaba ese dolor que llevaba semanas en mi abdomen, Kendrita. Cuando me sentía mal por el dolor, subiste encima de mí y con tus patas delanteras tocaste mi barriga hasta encontrar el punto más doloroso. Solo en ese lugar, sacaste tus afiladas garras y empezaste a moverte como siempre, ofreciéndome tu acupuntura felina mientras ronroneabas. Lo hiciste todos los días, hasta que los antibióticos y los probióticos hicieron su parte. Kendra, tú me sanaste.

Han pasado ocho años viviendo juntos, Kendra. Levantándonos muy temprano para darte comida —si no tumbas la puerta— sin importar si son sábados o domingos. Ocho años limpiando tu caja. Llegando al trabajo con la ropa llena de tus pelos. Ocho años caminando por tus charcos verdes e impredecibles llenos de bolas de pelo. Prestándote nuestras barrigas para que claves cientos de puñaladas de amor… 

Hasta que este día del padre del 2025, el veterinario nos informó que tu visa vital no iba a durar mucho más. Que realmente estabas enferma y que tus últimos días serían llenos de dolor y sufrimiento, así que, que dormirte era lo más razonable. No pude decirte adiós… hasta hoy.  

A poco más de un mes de tu inesperado sueño, Kendra, ahora dormimos más y limpiamos menos. Ya no hay charcos de tus residuos capilares, ya no hay rasguños en nuestras barrigas, y nuestra ropa está libre de pelos. 

Sin ti, Kendra, nuestra vida ahora es más fácil, pero no es mejor.

  1. Abu

    Muy bueno Americo . Excelente descripción del amor por una compañera felina

Dejar una respuesta