Web del escritor Américo Ramírez

Basado en hechos reales

Profesión: Pensador.

Profesión u oficio, indica el área de la planilla que debo completar. Me gustaría plasmar en ese recuadro lo que verdaderamente soy. Mi profesión es: pensador. Sin embargo, no me atrevo. Me preocupa que quien analice mi planilla piense que estoy bromeando y que mi solicitud sería rechazada por carecer de seriedad. 

Para mí pensar es un verdadero disfrute. Me gusta mucho.

Puedo tomar un tema y roerlo hasta el tuétano durante horas y horas. Desmenuzarlo hasta convertirlo en un pisillo de ideas. Escanear su forma, su dimensión y su origen, para posteriormente con dichos datos diseñar una versión personalizada. Una hipótesis descabellada que, por suerte, nunca se hará teoría.  

La situación se complica cuando esa indagación mental se topa con mi postura, un tanto opositora y retadora con lo establecido. Un aliño que logra un sabor distintivo.

Esa faceta investigativa y la vez creativa, me hace sentir como el hijo perdido de Rosa Montero, que tanto me ha inspirado gracias a sus maravillosas obras, que ella llama artefactos literarios, por su particular fusión entre el ensayo y la narrativa, tales como «La loca de la casa», «La ridícula idea de no volver a verte» y «El peligro de estar cuerda».

Al igual que mamá Rosa, uno de los temas que más me atrae escarbar es la muerte. Aunque no me obsesiona, me interesa. Insisto día a día en buscar la manera de quitarle el dramatismo que nos han inculcado sobre ella. Dejarla de verla como la villana de la novela, y tener el valor, en su momento de poder sacarle la lengua y decirle que ya no asusta a nadie, porque hagas lo que hagas, el resultado será el mismo. Nos llevará.

 ¿Entonces qué se gana con temerle? Mejor, aceptémosla como parte irrenunciable de este viaje vital. Admitir lo beneficioso de su presencia, que no es más que comprender su conteo regresivo, haciendo lo que realmente nos apasiona. Reconsiderar nuestro camino. Soltar, soltar y soltar, para estar ligeros de equipaje.

Sin embargo, mi tema no trata únicamente sobre la muerte, sino sobre lo que creo que hay —o no hay— después de ella. ¿A dónde nos dirigimos después del deceso?

El consuelo de fallecer consiste en alcanzar el paraíso. Un galardón incierto que tantos artistas han captado de forma luminosa y celestial. Normalmente, se nos daría como recompensa por haber llevado una vida honorable, resultado de evitar placeres que se consideran pecados según el manual teológico o al club dogmático al cual estemos afiliados. 

La visión que tengo del paraíso no se asemeja a la de la Divina Comedia de Dante Alighieri. No tiene las nueve esferas celestiales, está ausente de meritocracia y sin la existencia del empíreo. En mi paraíso todos somos iguales. Como reza el tango «Cambalache». No hay aplazados ni escalafón.

Mi idea del paraíso es muy distinta. El que yo pienso, está liderado por una deidad materna y surge del apareamiento que procrea. Es un paraíso biológico, temporal, climatizado y abastecido. Un paraíso sin nubes, sin alas, sin llaves y sin un odioso portero. Y su fragilidad es tal que incluso su propio creador podría interrumpirlo de forma abrupta.

Es que los nueve meses de gestación humana son ideales para encarnar el estado de plenitud y conexión que brinda el idílico paraíso. Es la descripción perfecta del oasis celestial, tan anhelado y el que más se aproxima dentro del mundo terrenal. Sí, el paraíso está en la tierra.

No es casual que los ángeles y querubines del cielo, sean interpretados en el universo del arte por neonatos, pues nadie más que ellos encarnan la inocencia y pureza que se requiere para acceder al reino de los cielos. 

Sé que mi hipótesis altera todo el orden establecido, lo advertí, es como poner los caballos detrás de la carreta. Pero es que en este caso los caballos son unicornios o pegasos; están hechos de inventiva pura. Así que no estaría halado por los cabellos, establecer un patrón distinto al actual, agregar polvos mágicos a la fantasía. El paraíso primero, el purgatorio o quizá el infierno después.

Viéndolo así, es posible que nuestro nacimiento en realidad sea nuestra muerte y lo que viene más allá de este periodo inmortal, al que llamamos vida, sea un pasaje directo a reencarnar dentro del útero de una nueva madre y volvamos a estar nueve meses en el paraíso. 

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