—Te necesito a mi lado en la nueva escuela, pero en el turno de la mañana, Mister Américo — dijo Mrs. R, con su inigualable habilidad para convencer.
—Pero es que yo escribo por las mañanas, Mrs R — traté de excusarme.
—Eres un escritor todo el tiempo, te irás adaptando. Sentenció, para terminar agregando. Además, el horario de la mañana será muy beneficioso para tu familia y, sin mencionar, que el trabajo matutino es menos pesado que el de la tarde.
Más o menos, esa fue la conversación que dio origen a mi nuevo horario de trabajo. A partir del verano llegaré primero, pero también me iré primero y, además, tendré toda la tarde libre. Mal, no está. Así que me dije que, podría intentar ajustar mi proceso creativo para las horas de la tarde. Aunque, no será fácil, me desdije.
Es que mi creatividad funciona como una pastilla de Alka Seltzer. Antes de que salga el sol, mi mente está llena de efervescentes ideas, conexiones e historias que puedo crear fácilmente gracias a la ficción.
A esa hora, para mí, el unicornio azul de Silvio es solo un perro callejero cruzando la calle y el laberinto del fauno es un capítulo cualquiera de Plaza Sésamo. Por la tarde, la reacción burbujeante ha casi desaparecido, y por la noche, mi deseo de escribir está en el fondo del vaso, como los sedimentos de la pastilla efervescente.
Pero eso es lo que hay. A lo Perales, se hace camino al andar. La mejor manera de conseguir esa nueva rutina es tomar mi cuaderno de garabatos, mi querido blog “Historias de drivers” para hacer ensayo y error.
El jueves de la semana pasada, justo antes del amanecer, mientras conducía por los primeros cuatro semáforos de los doce que hay en mi ruta hacia mi nuevo trabajo, pensé en muchas ideas para la historia de esta semana. Atravesando los cuatro semáforos siguientes, solo dos ideas, mutaron desde la gestación a la formación, revelando el enlace, nudo y final.
Las dos finalistas desfilaron frente a mí como si fueran aspirantes al Miss Universo. La opción que quería elegir es controvertida y rica en contenido. Sé que será bien recibida, pero necesita pasar algunos filtros para obtener su mejor versión. Por lo tanto, me conformo con la que queda. Finalmente, invertí los últimos semáforos del camino para pulirla. Solo quedaba escribirla, llevarla de mi memoria a la pantalla de mi laptop.
¿Pero saben qué? El sábado por la mañana, cuando empecé a escribir, se me había olvidado por completo.
Ante mi desmemoria, decidí examinar mi registro mental. Es normal de que ocurra un desliz entre tantas cosas de la semana: el nuevo trabajo, el nuevo horario, el día a día, pensé. Pero nada, simplemente mi historia se había esfumado de mi cabeza.
Intenté escribir la otra historia, la que requería más dedicación y trabajo para reemplazar a la que se había jubilado, pero ante el primer obstáculo al escribir, me frustré y mi voluntad, aun inconforme en claudicar, volvió a ir en busca del documento perdido. Tenía la esperanza de que estuviera allí, traspapelada en mi memoria. Sin embargo, no fue así; todo lo demás seguía en su sitio, excepto la historia de esta semana.
¿Debería estar preocupado por esa laguna mental? ¿Debería considerar este episodio como un primer signo de demencia o Alzheimer temprano? ¿Me encontraré en el camino hacia un deterioro cognitivo?
Estoy casi seguro de que no. No tengo autoridad científica para descartarlo por completo, pero sí me conozco. Soy rápido para conectar situaciones con otras y sacar sin esfuerzo algún chiste ante un tema trivial. Así que, mi caja de cómputos mentales está bien aceitada y en buena forma.
Otro punto es que, a diferencia de las enfermedades físicas, no les temo a las mentales, como el Alzheimer o la esquizofrenia. Ojalá nunca las padezca, pero si tuviera que elegir una, sin duda escogería la segunda. Ya que los escritores convivimos con algo similar a la esquizofrenia cuando nos adentramos en nuestros desarrollos imaginativos. Una fuerza que crea universos mágicos, en los que los personajes nos dialogan como si estuviesen delante de nosotros o nos murmuran voces que nos sugieren montar escenas asombrosas, repletas de imposibles.
Para ser sincero, tampoco es que no me haya sucedido antes esto de la mala memoria. He tenido una situación similar con el adjetivo que mejor define a mi nueva novela: «Esos nombres raros» y no es otra que: irreverente. Cada vez que voy a usarla y la tengo en la punta de mi lengua, se escapa y se esconde en el lugar más oscuro de mi cabeza, haciendo que patine sobre mis ideas mientras consigo en mi diccionario mental un sinónimo genérico que me ayude a salir del atasco, pero que nunca será tan preciso como el original.
Una última explicación que puedo darme sobre mis nuevos olvidos la he relatado varias veces y es que, desde mi infancia, tenía claro que la literatura era unas de mis pasiones. Podría decir que nací con un hemisferio derecho más desarrollado, pero luego el destino me apartó del arte y me fui formando, o deformando – depende como lo veas— en procesos lógicos, lo que me obligó a trabajar más el hemisferio izquierdo. El exilio, otra jugarreta de la vida, esa que me ha convertido en escritor, ha logrado repatriarme al hemisferio al que nací, al país de las ficciones y, para rematar, este nuevo trabajo que empiezo, el cual requiere más procedimientos lógicos me obliga a visitar la zona siniestra de mi corteza cerebral. En conclusión, un tejemaneje neurocientífico que aspiro a normalizar.
Lo bueno de este olvido es que me dio la idea para la historia de hoy, además de otras cuatro que aparecieron en el ínterin y que las publicaré durante las próximas semanas, y si recuerdo la que olvidé, se los haré saber.

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