– Comencemos a trabajar, Mariano, antes de que falle el internet, la electricidad, o incluso ambas – me advirtió Marina con su tono firme, el que solo tienen los buenos maestros, esos que nunca se olvidan.
– Mariano, no, Marina… soy Américo. Le corregí
– No eres Américo. Tú eres Mariano, Mariano Mendoza y punto– decretó, decapitando sin piedad cualquier intento de desobediencia.
Acepte, mansamente, como un cachorro de Golden Retriever recién comprado. Hipotecando así, mi verdadero nombre por el de un personaje ficticio. Un desconocido a quien le pedí que protagonizara y narrara en primera persona mi última novela “Esos nombres raros”
Mantuve, como pocas veces, mi norte: no perder la concentración. El único objetivo de esas reuniones virtuales era revivir esa novela que estaba en un coma profundo. Un manuscrito al que el cura de mi parroquia imaginaria le dio la extremaunción un par de ocasiones, el único sacramento que se otorga más de una vez.
Vi el lado positivo de la confusión. El personaje había logrado penetrar en el pensamiento de mi guía literaria como si fuera auténtico, sin vestigios de falsificación alguna, lo que podría ser visto como un auténtico elogio.
Al transcurrir los días, a pesar de que la astilla de esa imposición patronímica perturbaba mi orgullo, tuve la oportunidad de conversar con Isabella, mi hija. Quien fue la primera persona que ojeó al Frankenstein literario que creaba dentro de mi laboratorio cerebral. Recuerdo el sabor agridulce de sus dos primeras críticas. Mariano, el narrador principal, no le gustaba para nada. Ella decía que él era un egoísta, manipulador y engreído, con una actitud de «yo no fui». Además, no podía soportar su habilidad de salir bien parado —como un gato— de todos los problemas que surgían en la novela. La otra opinión no estaba relacionada con la literatura. Debido a la carga erótica de la historia, Isabella me sugirió que consultara a un especialista para indagar sobre esos pensamientos lujuriosos que salían de mi mente depravada.
Rehusé la observación, dado que resultaba inviable narrar el relato de un personaje poli amoroso durante su pico de producción de testosterona, sin que este retozara entre las pecaminosas sabanas del deseo. Inmediatamente, experimenté un sentimiento de culpabilidad por someter a mi pequeña, de veintisiete años, a leer esas ficticias confesiones eróticas, narradas por uno de los dos seres más asexuados del planeta para cualquier ser humano: sus progenitores. No obstante, continuaré depositando mi confianza de lectora cero de manera ciega en Isa, ya que posee una honestidad indomable e inflexible, que tanto disfrutan como sufren sus allegados. Con esas circunstancias, le mencioné el desacierto de Marina al confundirme con el tal Mariano.
–¿Sabes, Isa? Marina, mi editora creativa, dice que yo soy Mariano Mendoza.
– Es que, tú eres Mariano Mendoza, papi.
Volví a capitular en mi intento de contrarrestar la equivocación de roles por parte de mis mentoras. Con Isabella, lo máximo que uno aspira en una discusión es empatar, jamás ganar. Por algo es mi hija.
Con un marcador de dos a cero, un tablero muy complicado de revertir, me enfoqué en lograr el gol de la honra. Ese único tanto, que usaría para frenar la molesta avalancha de la unanimidad.
Fui en busca del mejor pateador del campeonato. Ese que lleva la camiseta de mi equipo durante muchos años, Gaby, mi esposa. Los treinta y dos años, amaneciendo y anocheciendo a su lado, eran una prueba contundente de que no había coincidencia entre Mariano “el poli amoroso” y yo, Américo “el monógamo”.
Su respuesta hizo que la astilla de la imposición, clavada en mi orgullo, tuviera que darle un espacio a la astilla de la traición.
– Sin lugar a dudas, tú eres Mariano Mendoza. Dijo Gaby al disparar esa esquirla venenosa que jamás vi venir. ¡Cómo me dolió! —Fuiste por lana y saliste trasquilado—, oí decir a mi madre desde la lejanía.
Con un marcador que no podía cambiar, comencé a comprender la gran conspiración que había en mi contra. ¿Por qué me acusaban de un delito que no cometí? ¿Por qué, a pesar de tener mis manos limpias, me señalaban como si estas estuvieran manchadas de sangre? Y de pronto entendí que ellas, “las inquisidoras” captaron sin dificultad algo que yo no había visto en mi propia obra. No es un fenómeno raro; frecuentemente ocurre a los autores que otros detecten un detalle que el propio artista no percibe. Y esto implicaba que, a pesar de que los rostros de Mariano y el mío fueran distintos, resultaba incuestionable que ambas caras provenían de la misma cabeza.
Es válido, en realidad todo en el arte es permitido. La literatura es la prueba irrefutable de que una sola vida no nos alcanza. ¡Gracias a ella podemos experimentar lo que jamás nos sucederá! Con ella podemos crear un escenario en donde podremos recordar una y otra vez lo que tememos olvidar para siempre. Se trata de la colina donde podemos enfrentar nuevamente las batallas que perdimos, para ganarlas o, quizás, para volver a perderlas. Es la máquina del tiempo que nos permite recuperar ese momento en el que no pudimos dar o exigir el perdón que todavía nos inquieta y revolotea sin parar.
Pero por sobre todas las cosas, la literatura te da la posibilidad de explorar el camino de la encrucijada que no elegiste. En ese momento crucial, yo, Américo Ramírez, creé sin querer a Mariano Mendoza, un ser paralelo que me representó en el camino que no seguí, no escogí o simplemente no vi. A través de las 528 páginas de “Esos nombres raros”, Mariano, me fue contando lo que sucedió en mi vida fallida.
Así que construí sin percibirlo mi posible historia alterna. ¿A qué sabía el plato que no ordené del menú de mi existir? Es tan así que en plena presentación de esta novela, respondiendo una pregunta de los asistentes, empecé a caer en cuenta de que los rulos dorados del personaje de Sofía, quizás sean los mismos de Lucia, un noviazgo menor, para no decir insignificante, que fue interrumpido por un padre celoso y que enterró en la necrópolis del olvido uno de esos caminos que Mariano recorrió por mí. Menuda travesura de mi subconsciente.
Después de tomarme un rato en pensar un poco más y tratar de entender la perspectiva de mis tres inquisidoras, estoy comenzando a unirme a su equipo.
Es posible que yo también haya alimentado la confusión con ciertos componentes e ingredientes que evidencian mi sello personal, lo que le hizo creer que el personaje principal y yo somos uno solo.
Es que a Mariano le presté mi historia del socio mitómano que tuve que echar de mi empresa de seguridad electrónica y que terminé resolviendo, al canjear, mi silencio sobre un material comprometedor que lo hacía quedar muy mal y que mis técnicos consiguieron en el disco duro del computador de la empresa. O la historia del empleado con nombre de piloto de Fórmula Uno, que terminó desfalcando la confianza y las arcas de la empresa por unos cuantos miles de dólares y que todos pensábamos que era un buen tipo, el amigo de todos y enemigo de nadie. Además, le relaté la historia de los dos técnicos que identifiqué en la novela, como Yefferson y Yavelin, quienes actuaron como auténticos y fieles amigos.
Héctor Pérez, el suegro salsomano y Grimaldo Aranguren, el implacable abogado que solo usa cartera de mano, están inspirados en seres extraordinarios que conocí y están casi a la altura de Melquíades o Rebeca, ejerciendo sus papeles dentro de las páginas del mejor realismo mágico del Gabo.
El veneno de ratas en el fondo de una botella de licor y el robo de una cadena de oro al exsuegro policía, que provocó la cacería humana del ladrón «Lagaña de perro», son historias que escuché de otras personas que dijeron haberlas vivido. Aunque me parecieron sorprendentes e increíbles, nunca dudé de ellas.
Y a Mariano, mi equivalente ficticio, le confié mi suerte extraordinaria en el amor. A él le cedí mi certero olfato para reconocer a las mujeres maravillosas, excepcionales y estupendas que me acompañaron en esta vida. ¡Qué privilegio se me fue otorgado! Me disculpo con ellas por no haber devuelto el favor. ¡Pobres, a ellas les toqué yo!
Como si fuera poco, no podría negar que al pobre Mariano, le puse sobre sus hombros cargar mi pesado morral repleto de mis inseguridades religiosas que me llevaron a refugiarme entre las nobles y respetuosas paredes del agnosticismo. He mejorado a los ojos de cualquier católico, he subido de nivel, hoy por hoy me considero un agnóstico católico, arrimándome solo un par de metros al 00120, Citta del Vaticano.
Y aunque he dado mi brazo a torcer, siendo permisivo y extremadamente comprensivo con lo que pensaban Marina, Isa y Gaby. Me abstengo de proclamar mi derrota incondicional. Eso sería traicionar, quien soy, Así que les pediré negociar un armisticio. Estoy preparado para ceder algunos territorios, pero no otros. Estoy convencido de que no soy Mariano Mendoza. Dicho esto, tampoco puedo negar que él tiene mucho de este servidor, pero no hasta el punto de que su ADN coincida con el mío en un 100 %. Él tiene rasgos y actitudes propias muy ajenas a mí. Mariano es, más bien, como un primo hermano. Compartimos una parte de la carga genética que viene del hermano de mi padre y otra parte que Mariano recibió de su madre, mi tía política, a quien cariñosamente llamamos, tía Ficción.

Americo USA
Excelente!